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Cardenal Viktor J. y Arzobispo Julio Domínguez

Arzobispo Julio Domínguez

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Julio D. nació en un lugar donde la esperanza parecía un lujo reservado para otros. Su infancia estuvo marcada por la pobreza, la violencia, los robos y las traiciones. Desde muy pequeño aprendió que el mundo podía ser cruel y que sobrevivir muchas veces significaba hacer cosas de las que no se sentía orgulloso.

Aquel niño que alguna vez soñó con una vida mejor fue creciendo entre malas compañías y decisiones equivocadas. Lo que comenzó como pequeños errores terminó convirtiéndose en un camino de excesos. Con el paso de los años, Julio desarrolló un insaciable apetito por los placeres terrenales. El dinero, las fiestas y las mujeres se convirtieron en el centro de su vida. Llegó al punto de visitar mujeres de la vida galante todos los días, convencido de que allí encontraría la felicidad que siempre había buscado.

Durante un tiempo creyó haber encontrado el amor verdadero. Una mujer llegó a su vida y le hizo pensar que aún podía cambiar. Sin embargo, los viejos hábitos fueron más fuertes que él. Un día, aquella mujer lo encontró en brazos de otra persona. En un instante todo se derrumbó.

No solo perdió a la mujer que amaba; perdió también la confianza de su familia, su hogar y los sueños que había construido durante años. El divorcio fue largo y doloroso. Cada día parecía arrancarle un pedazo más de su alma hasta dejarlo vacío.

Incapaz de soportar el dolor, Julio buscó refugio en las drogas y en toda clase de excesos. Quería olvidar, quería dejar de sentir. Pero mientras más intentaba escapar, más profundo caía en la oscuridad.

Hasta que una noche ocurrió algo que cambiaría su vida para siempre.

Al observarse en el espejo, no reconoció al hombre que tenía enfrente. Sus ojos estaban vacíos y su espíritu parecía derrotado. Sintió miedo. Miedo de seguir viviendo así. Sin saber qué hacer, salió a caminar por las calles de la ciudad.

Caminó durante horas sin rumbo fijo, hasta que llegó frente a una iglesia. No era un hombre de fe. Nunca había sido especialmente religioso. Sin embargo, algo lo impulsó a cruzar aquellas puertas.

Dentro encontró silencio. Un silencio que contrastaba con el caos que llevaba dentro.

Mientras permanecía sentado en uno de los bancos, un sacerdote se acercó a él. Su nombre era Viktor J., quien años después sería elevado al rango de cardenal.

Viktor escuchó pacientemente la historia de Julio. No lo juzgó. No le reprochó sus errores. No le recordó sus pecados. Simplemente lo escuchó.

Cuando Julio terminó de hablar, esperando una condena, el sacerdote sonrió y le dijo:

—No estás perdido, siempre y cuando Dios esté en ti.

Aquellas palabras atravesaron su corazón como ninguna otra cosa lo había hecho antes.
Por primera vez en mucho tiempo sintió esperanza.

Desde aquel día comenzó un largo camino de transformación. No fue fácil. Hubo caídas, dudas y momentos en los que pensó abandonar. Pero continuó adelante. Aprendió a perdonarse, a servir a los demás y a encontrar propósito donde antes solo veía vacío.

Con los años, Julio descubrió que su verdadera vocación nunca había sido perseguir la satisfacción carnal ni los placeres pasajeros. Su misión era servir a Dios y ayudar a quienes se encontraban tan perdidos como él alguna vez estuvo.

Su dedicación, humildad y fe lo llevaron a convertirse en arzobispo. Desde entonces ha dedicado su vida a predicar la palabra de Dios en la prestigiosa Christian JOKEREZ University, trabajando junto al hombre que le tendió la mano cuando más lo necesitaba: el cardenal Viktor J.
Hoy, miles de jóvenes escuchan sus enseñanzas y encuentran inspiración en su historia.

En ocasiones, algunos estudiantes le preguntan:
—Arzobispo Julio, si pudiera volver al pasado y encontrarse con aquel hombre que lo perdió todo, ¿qué le diría?
Julio suele guardar silencio unos segundos antes de responder:—Le diría que deje de correr. Porque muchas veces creemos que estamos huyendo del dolor, cuando en realidad estamos huyendo de aquello que puede salvarnos. Dios no llamó al mejor hombre para servirle; llamó a un hombre roto y le enseñó cómo volver a levantarse.

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